Cada año, al aproximarse los meses centrales del verano, se repite una suerte de ritual colectivo: la promesa de la desconexión. Prometemos guardar el teléfono en el cajón, apagar las notificaciones del correo electrónico, cerrar las pestañas del navegador que acumulan trabajo pendiente y sumergirnos en la lectura de un libro en formato papel a la orilla del mar o en la tranquilidad de la montaña. Sin embargo, en el ecosistema hiperconectado del siglo XXI, la frontera entre la desconexión vacacional y la conectividad permanente se ha vuelto extraordinariamente difusa. La pregunta sobre si navegamos más o menos por Internet durante las vacaciones no admite una respuesta binaria simple; exige explorar una transformación profunda en cómo, cuándo y para qué consumimos datos cuando la rutina laboral salta por los aires.